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Décimas a mi vida

Como el antiguo artesano
al fuego templa una hoja
así en la llama roja
se van templando mis manos.
Yo te digo así, mi hermano,
me pesan mucho estas cuitas
pues son como piedrecitas
que van llenando una bolsa;
no hay quien aguante tal cosa
ni quien su peso resista.

Quiero sentir venturoso
las alegrías de mi vida
ya no más rima sentida
ni cantares rencorosos.
Quiero caminos polvosos
por donde vaya mi yunta
y no ver nunca la punta
de la senda que recorra
¡y que se vaya a la porra
la muerte con sus preguntas!

Comentarios

Anónimo dijo…
Ah, que alegria recibir sus textos nuevos! Me encantan esos versos suyos, me encanta, los siento llenos de deseo por vivir plenamente, disfrutar de tener nada y ser todo! Que alegria y que dicha! Me alegra encontrarte asi, tan lindo y lleno de optimismo y ganas! :) Ya veras, que los caminos seguiran! Herzlich en Dank für Alles! Auf wiederlesen! Ich liebe dich!! Küßchen!!

mit Liebe
das Püppchen, Josephine!
^.~
protaro dijo…
he's back!!!


genial... sigue así, hermano... tal vez ahora que sea yo inquilino de los hermanos P. tal vez nos veamos un poco mas seguido.

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Fantasmas

De vez en cuando, desde algún rincón oscuro de la memoria, nos asalta una idea, un dejo de otros tiempos que nos recuerda, así sea por apenas un segundo, lo que fuimos. Y entonces, como movidos por un impulso leve, casi apenas perceptible, nos inclinamos a recoger ese trozo de memoria en sepia en el que un rostro, un gesto, o un lugar nos transporta a otro tiempo, a otro yo que fue sin dejar de ser del todo. He aquí mis letras desteñidas por casi cinco años. Lejos de borrarlas, he decidido mantenerlas y aumentarlas para mí (quien sabe con qué fin). Si acaso las lees, ya elegirás qué hacer con ellas...
Despacio, Alberto fué quitándole una a una las prendas. Una hilera de luces tenues color ámbar iluminaba el lugar, ahora oculto a las miradas de la gente, mientras aquella silueta iba quedando despojada de sus ropas. Sus manos, diligentes, desabrochaban con cuidado los botones de la blusa uno a uno hasta dejar a la vista aquella piel de tono perfecto. Cuando hubo terminado con la última prenda, retrocedió unos pasos y contempló en silencio el resultado. Cerró los ojos y barajó la infinidad de posibilidades que ahora se mostraban frente a él, sin saber por dónde comenzar. Finalmente abrió los ojos, suspiró y, sonriendo, avanzó hacia ella... -¡Alberto, carajo! Si no terminas de una vez de vestir a ese maldito maniquí te voy a dejar encerrado en la tienda y a ver quién te saca.

No

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