Ir al contenido principal

Harto de revivir a cada instante

las caricias de tus manos manos agua

te exorciso de mi mente y me sorprendo

invocándote después sobre mi almohada


Con el humo del incienso mirra y oro

te hice ofrenda de mis venas los rosales

florecieron nomeolvides en cada cortina

donde se posaban las negras alas de tus cejas


Te busco a cada instante y no me encuentro

se me han perdido los ojos bajo la tarde

dígame usted si les ha visto lloran en tinta

líneas que nunca riman más que sangre


Palpitas bajo mis sábanas cada noche

rumoreas gotas de sudor alquitranadas

quise atrapar tus labios se me escaparon

huyeron disfrazados de despedidas inolvidables


-JP

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Te encontré anoche, desprevenida.
Dormías acurrucada bajo una mirada fugaz.
¿Pero, dormías?
El que dormía era yo,
ignorante de la sensación tibia,
de recién nacido que hay entre tus labios.
Ahora busco en cada mirada,
esperando despertar dentro de tu sueño.
Edvard Munch, Muchacha Por La Mañana, 1884
Despacio, Alberto fué quitándole una a una las prendas. Una hilera de luces tenues color ámbar iluminaba el lugar, ahora oculto a las miradas de la gente, mientras aquella silueta iba quedando despojada de sus ropas. Sus manos, diligentes, desabrochaban con cuidado los botones de la blusa uno a uno hasta dejar a la vista aquella piel de tono perfecto. Cuando hubo terminado con la última prenda, retrocedió unos pasos y contempló en silencio el resultado. Cerró los ojos y barajó la infinidad de posibilidades que ahora se mostraban frente a él, sin saber por dónde comenzar. Finalmente abrió los ojos, suspiró y, sonriendo, avanzó hacia ella...

-¡Alberto, carajo! Si no terminas de una vez de vestir a ese maldito maniquí te voy a dejar encerrado en la tienda y a ver quién te saca.