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Desperté soñándote

lluvia de oro
inasible a mis manos
roca
cauce
flor en celo
pero huiste de mí
en otro sueño

Comentarios

Josephine dijo…
Al mio caro amico Jean Paul:

meine Gott! Ah, leo estas lineas tan tuyas y no puedo evitar suspirar... las siento tan hermosas y no se tan profundas, llenas de significado! Sabes, me recuerda mucho como que una sensacion de anhelo, un amor inalcanzable... Me ha encantado! Cuantos sueños, llenos de amor... llenos de no se, siento que es un amor aunque no imposible, muy diferente, lleno de, como dije antes, anhelo y esperanza mezcla de impotencia... Me gusto muchisimo, te admiro mucho y agradezco mucho todos los momentos :)

Yo soy un sueño, un imposible,
vano fantasma de niebla y luz;
soy incorpórea, soy intangible:
no puedo amarte...


From your dreams...
kleine Jo
Gaviota dijo…
Q bonitas letras... menuda comparación de Josephine... con rima de Bécquer... a ese amor intangible, al q nos esforzamos en amar... aunque sepamos que tal vez no recibiremos ni siquiera un asomo de sonrisa...

Sabes?

Pero, ese tipo de amores, son, después de todos, los que hacn valer cierta parte de la vida de poeta.

Saludos saturnianos!
Te Quiero!!!!
Anónimo dijo…
Muy agradable tu blog. Te felicito. Siempre se agradece las creaciones de artistas que nos dan un gran aporte a nuestro ser. Saludos. Un ciberlector.

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Te encontré anoche, desprevenida.
Dormías acurrucada bajo una mirada fugaz.
¿Pero, dormías?
El que dormía era yo,
ignorante de la sensación tibia,
de recién nacido que hay entre tus labios.
Ahora busco en cada mirada,
esperando despertar dentro de tu sueño.
Edvard Munch, Muchacha Por La Mañana, 1884
Despacio, Alberto fué quitándole una a una las prendas. Una hilera de luces tenues color ámbar iluminaba el lugar, ahora oculto a las miradas de la gente, mientras aquella silueta iba quedando despojada de sus ropas. Sus manos, diligentes, desabrochaban con cuidado los botones de la blusa uno a uno hasta dejar a la vista aquella piel de tono perfecto. Cuando hubo terminado con la última prenda, retrocedió unos pasos y contempló en silencio el resultado. Cerró los ojos y barajó la infinidad de posibilidades que ahora se mostraban frente a él, sin saber por dónde comenzar. Finalmente abrió los ojos, suspiró y, sonriendo, avanzó hacia ella...

-¡Alberto, carajo! Si no terminas de una vez de vestir a ese maldito maniquí te voy a dejar encerrado en la tienda y a ver quién te saca.