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Los Ojos de la Memoria

Cristina Pacheco

Mis dos hermanas llevaban seis meses en la capital. Se me habían adelantado para buscar trabajo, acomodo y una escuela donde pudiéramos estudiar la preparatoria. Al despedirnos prometieron llamarme en cuanto hubieran conseguido sus metas.

Ya habían emigrado casi todos los jóvenes y sin la compañía de mis hermanas el pueblo me resultaba aún más asfixiante. Aunque me doliera abandonar a mi madre, esperaba las noticias que me permitirían viajar a la gran ciudad.

Varias veces mis hermanas y yo intentamos convencer a mi madre de que nos acompañara: "¿Para qué se queda solita en este pueblo horroroso?" Su respuesta fue invariable: "Para velar por la memoria de nuestros muertos". Se refería a mis abuelos y a mi padre.

II

Cada vez que sonaba el teléfono iba a contestarlo con la esperanza de que fuera alguna de mis hermanas. Un día, muy temprano, escuché una voz desconocida: "¿Puedo hablar con la señora Inés?" Me sorprendió la cordialidad de la conversación que mi madre sostenía con quien para mí era una perfecta desconocida, así que en cuanto colgó le pregunté de quién se trataba. "Es mi prima Nila. Quiere pasarse unos días conmigo. No pude negarme. La última vez que me habló fue hace once años. Acababa de sufrir un accidente en el que murió su esposo Benjamín y ella perdió la vista."

Entré en sospechas: "No te habló en tanto tiempo y de pronto aparece. Algo ha de querer". Mi madre me miró con una expresión que me hizo avergonzarme: "Viene a traerme los únicos muebles que conserva. Dice que ya está muy grande y no quiere que, cuando ella muera, vayan a parar a manos de alguien que no sepa apreciarlos: Benjamín los hizo cuando se casaron. Siento feo de que haya dicho eso pero la comprendo: soy la única pariente que le queda... La vida es terrible. Cuando era niña Nila pasó muchas vacaciones con nosotros. Esta casa le encantaba. Me da tristeza pensar que vuelve en circunstancias tan distintas".

Aunque me incomodaba la presencia de una extraña, me alegró la noticia de que llegaría una visitante. De un momento a otro iba a reunirme con mis hermanas, así que me pareció bien que mi madre tuviera quien la acompañara.

III

Dos semanas más tarde llegó a nuestra casa un camión de mudanzas con las pertenencias de Nila. Mi madre ordenó que, embaladas, las pusieran en el último cuarto. Era el más grande y el baño estaba cerca, cosa que facilitaría la estancia de su prima.

Apoyada en un bastón blanco, Nila apareció un domingo por la mañana. Era muy alta y delgada, vestía con esmero y de su persona emanaba un fuerte olor a polvos de arroz. Después de reconocernos y de una breve conversación acerca de las novedades familiares, mi madre le dijo que había elegido para ella el último cuarto, pero si le gustaba más otro... Nila sonrió con una expresión enigmática: "No. Ese está muy bien. Me ayudará a recordar nuestras vacaciones". En su tono había más que añoranza, ternura.

Con nuestra ayuda y la de Onofre, el panadero, Nila quedó instalada en su cuarto ese mismo domingo. Los muebles que pretendía obsequiarle a mi madre eran preciosos: una cama, un buró con cubierta de mármol, dos sillas con patas en forma de garra y un gran estante donde guardaba algunos libros de poemas y los veintidós manteles deshilados por ella para obsequiárselos a su marido en cada aniversario de bodas.

Los manteles llevaban mucho tiempo guardados y Nila nos pidió que la ayudáramos a colgarlos en las paredes para que se ventilaran. En pocos minutos el cuarto quedó tapizado con aquellas maravillas de lino. Por último sacó de su maleta los recuerdos que conservaba de Benjamín: un retrato en que aparecía muy elegante -sombrero borsalino y terno inglés-, un pañuelo con sus iniciales bordadas con cabello natural y un álbum con las postales que él le había enviado durante sus viajes.

IV

Sin necesidad de abandonar su habitación Nila estaba al tanto de lo que sucedía en toda la casa. Por un efecto de acústica las voces y los ruidos desembocaban en el cuarto tapizado de manteles blancos. Al entrar allí siempre tenía la sensación de encontrarme dentro de un alhajero.

Nila era muy discreta y procurábamos visitarla sólo cuando ella nos lo pedía. En una ocasión en que me llamó la encontré deslizando las manos por uno de sus prodigiosos manteles. Le pregunté qué estaba haciendo: "Quiero asegurarme de que no se haya ido ningún hilito. De ser así tengo que componerlo. Si lo dejo roto, cuando me vaya no habrá quien lo arregle".

Hacía los arreglos a la perfección. Con la seguridad de un músico que cierra los ojos frente a la partitura conocida de memoria, reconstruía porciones diminutas de edificios, animales, árboles, flores, pétalos y muchas otras formas que aparecían en sus manteles.

Los domingos a Nila le gustaba ir a misa de siete. Mi madre la acompañaba hasta el día en que amaneció resfriada y delegó en mí las funciones de lazarillo. Levantarme tan temprano me puso de mal humor y apenas logré disimular mi disgusto.

El trayecto de la casa a la iglesia era largo. Aquel domingo Nila decidió poner en práctica su "costumbre de ciega": sugirió que contáramos los pasos que daríamos hasta nuestro destino. A cada rato confundíamos las cifras y era cosa de volver a empezar, como si estuviéramos buscando la salida de un laberinto.

Ya que mi madre no lograba recuperarse, al siguiente domingo otra vez llevé a Nila a la iglesia. A medio camino se le ocurrió que jugáramos a las adivinanzas. Creí que era algo así como "agua pasa por tu casa, cate de mi corazón..." Supe que se trataba de algo muy distinto cuando Nila me dio instrucciones: "Te detienes donde quieras, me dices lo que estás viendo y yo te lo describo tal como recuerdo haberlo visto".

Me pareció que el juego no tenía ningún sentido: "El pueblo ha cambiado mucho. Los lugares que conoció usted cuando era niña tal vez ya ni existan". Sólo me pidió que le dijera dónde estábamos: "Frente a la tienda de Talamás". De inmediato se puso a describirla al detalle, como si estuviese mirando la puerta, los dos aparadores, el letrero, los faroles a ambos lados de la entrada. Sí, todo eso existía aún, excepto que la puerta estaba carcomida, los aparadores estrellados y los faroles carecían de focos. El deterioro era evidente, pero gracias a la descripción de Nila acabé por imaginarme la tienda como había sido en sus buenos tiempos.

Al tercer domingo de acompañarla a la iglesia, Nila me propuso que cambiáramos de itinerario para darle un interés adicional al juego de las adivinanzas. La llevé por calles apartadas hasta que llegamos a un punto que supuse desconocido para ella: "Estamos en el Puente de Piedra". La cara de Nila se iluminó y por su descripción del lugar supe cómo fue aquel paso antes de que la cantera se fracturara y talaran el roble que embellecía el puente para cederle el horizonte a un anuncio espectacular de papas fritas.

V

El único sitio en donde Nila no quiso poner a prueba su memoria fue la iglesia. Todos los demás los aceptó como un reto: la zapatería, el dispensario, la escuela, la fonda, el cine, el jardín Morelos. Para mí era la suma de un kiosco encharcado, bancas semidestruidas, árboles enfermos, dos fuentes ciegas; para Nila un paraíso que sacó de sus recuerdos. Otra vez tuve que agradecerle que me permitiera viajar en el tiempo y ver bajo sus ruinas actuales el antiguo esplendor del pueblo.

Al fin recibí noticias de mis hermanas: "Te esperamos dentro de una semana". Los preparativos para el viaje fueron muy precipitados y mi madre volvió a acompañar a Nila a la iglesia. Mientras doblaba mi ropa me di cuenta de lo mucho que había acabado por interesarme el juego de las adivinanzas. Sentí necesidad de entrar en el cuarto de Nila. Al abrir la puerta la luz iluminó los veintidós manteles: en cada uno de ellos descubrí las formas, los árboles y las flores que Nila me había descrito como parte del pueblo que ya sólo estaba vivo en su memoria.

Tomado de Eje Central, columna de la autora en La Jornada, 18/mar/2007

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