Ir al contenido principal

Dicen, niña, por ahí
que de amores se mueren los poetas...
dicen, mi clara niña, que mueren
con el mirar perdido entre las nubes
y la pluma entre los dedos, aferrando
cada sílaba como padres tristes
que se niegan a abandonar a un hijo
flaco y maltrecho como sus corazones.
La verdad, niña, es que no mueren,
se marchitan tal vez, como las flores,
pero sus letras de tinta sangre vuelan
más allá de la vida, sobre el viento,
para narrarle a Dios historias dulces,
como los labios dulces de una madre.

Comentarios

Blue dijo…
Bellísimo!
kleine Jo! dijo…
Aaah Jean Paul, que hermoso y que tierno. Tan tu :) me habeis encantado con este poema. Se me hace tan dulce, la manera de tratar la inmortalidad y no se, lo que dices acerca de los poetas... Parece como un cuento, contado por un hombre a su mas grande amor, que hermosura.

Me alegra ver estos escritos tuyos :) me alegra leerte asi, aunque espero pronto hacerlo en vivo. Te quiero muchito! Se feliz, recuerda tantas cosas y se feliz! Muchos besos y abrazus! ^.~ Tschüß!



¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Que es poesía?, Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres TU.


From your imagination...
Josephine
Una mirada... dijo…
"Dicen, niña, por ahí
que de amores mueren los poetas..."

Muere el hombre/la mujer, nace el mito perdurable;; la poesía -la Literatura, el Arte, en general- hace perenne a quien, en cualquier época, se aventuró a compartir -no importan los motivos- su espíritu creativo.

Un saludo.

Entradas más populares de este blog

Te encontré anoche, desprevenida.
Dormías acurrucada bajo una mirada fugaz.
¿Pero, dormías?
El que dormía era yo,
ignorante de la sensación tibia,
de recién nacido que hay entre tus labios.
Ahora busco en cada mirada,
esperando despertar dentro de tu sueño.
Edvard Munch, Muchacha Por La Mañana, 1884
Despacio, Alberto fué quitándole una a una las prendas. Una hilera de luces tenues color ámbar iluminaba el lugar, ahora oculto a las miradas de la gente, mientras aquella silueta iba quedando despojada de sus ropas. Sus manos, diligentes, desabrochaban con cuidado los botones de la blusa uno a uno hasta dejar a la vista aquella piel de tono perfecto. Cuando hubo terminado con la última prenda, retrocedió unos pasos y contempló en silencio el resultado. Cerró los ojos y barajó la infinidad de posibilidades que ahora se mostraban frente a él, sin saber por dónde comenzar. Finalmente abrió los ojos, suspiró y, sonriendo, avanzó hacia ella...

-¡Alberto, carajo! Si no terminas de una vez de vestir a ese maldito maniquí te voy a dejar encerrado en la tienda y a ver quién te saca.