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Orfeo


Desde el sauce, entre el ramaje
en que canta el estro enfurecido,
pulsa el aire, arrancando notas
al fiero sirviente de Eolo.

De sus dedos desgarrados
nacen notas, suspirantes
sinfonías de amor entristecidas
como gotas de soles por la tarde...

¡Vuelve, tañe tu lira,
deleita los oídos del amante!
Calma el espíritu salvaje
de hombre, bestia y dioses inmortales.

Asciende una vez más desde el Estigia,
retoña en el olivo de Atenea
y sube hacia los cielos, renovado,
de la mano de Eurídice por siempre.

Comentarios

protaro dijo…
eolo es un buen amigo... de mucha ayuda muy seguido

interesante este nuevo tono en tus lineas, bueno cmo siempre.

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Te encontré anoche, desprevenida.
Dormías acurrucada bajo una mirada fugaz.
¿Pero, dormías?
El que dormía era yo,
ignorante de la sensación tibia,
de recién nacido que hay entre tus labios.
Ahora busco en cada mirada,
esperando despertar dentro de tu sueño.
Edvard Munch, Muchacha Por La Mañana, 1884
Despacio, Alberto fué quitándole una a una las prendas. Una hilera de luces tenues color ámbar iluminaba el lugar, ahora oculto a las miradas de la gente, mientras aquella silueta iba quedando despojada de sus ropas. Sus manos, diligentes, desabrochaban con cuidado los botones de la blusa uno a uno hasta dejar a la vista aquella piel de tono perfecto. Cuando hubo terminado con la última prenda, retrocedió unos pasos y contempló en silencio el resultado. Cerró los ojos y barajó la infinidad de posibilidades que ahora se mostraban frente a él, sin saber por dónde comenzar. Finalmente abrió los ojos, suspiró y, sonriendo, avanzó hacia ella...

-¡Alberto, carajo! Si no terminas de una vez de vestir a ese maldito maniquí te voy a dejar encerrado en la tienda y a ver quién te saca.