
Pablo Picasso, Guernica, 1937
La utilización del arte como medio de protesta ante la enorme crueldad de las guerras se remonta más allá de los conciertos modernos llenos de rockstars o de los álbumes pro-war relief (que, aclaro, no me parecen malos en lo absoluto, salvo en la parte en la que las disqueras se llevan una jugosa porción de dividendos). Probablemente, el Guernica, de Picasso sea el ejemplo perfecto de lo que quiero decir.
El 23 de abril de 1937, a las 5:40 p.m., el poblado vizcaíno de Guernica, que por aquel entonces rondaba por los 7,000 habitantes –en su gran mayoría civiles– fue arteramente bombardeado por la Luftwaffe alemana a manera de ejemplo para que las provincias leales a la Segunda República se rindieran ante los ejércitos de Franco. El efecto de las bombas incendiarias fue devastador. Casi ningún edificio resultó indemne y las muertes ascendían a cifras tales que nunca se han podido estimar con exactitud.
Poco antes del bombardeo, Picasso había sido encomendado por la República para pintar una obra de gran formato que sirviese como protesta ante la guerra que tanta sangre española había derramado ya; y justo se alistaba para comenzar cuando las noticias de la matanza llegaron hasta él, definiendo el rumbo que esta pintura habría de tomar.
No importa si no somos grandes amantes del arte. Las sensaciones que transmite el Guernica nos impiden ser indiferentes en su presencia. En el extremo izquierdo, una madre llora al hijo muerto en sus brazos. Detrás suyo, un toro, símbolo de España, contempla la imagen. En el centro, un caballo, tal vez uno de los del Apocalipsis, aparece atravesado por una lanza, mientras entre sus cascos se puede ver la figura de un hombre en pedazos que en una mano sostiene una espada rota. En el extremo derecho, una mujer grita en lo que parece ser un edificio en llamas, mientras a su lado una figura alarmada alarga la mano con un quinqué para ver qué sucede. Bajo ella, una mujer con el torso desnudo, símbolo de dolor, se apresura hacia la escena. Todo esto se ve acentuado por el dicromatismo blanco-negro elegido por Picasso para la ejecución de la obra.
Hoy en día, el Guernica se exhibe en el Museo Nacional de Arte Reina Sofía, en Madrid, como un permanente recordatorio de las dimensiones que puede alcanzar el lado más oscuro y destructivo del hombre. La obra, huelga decirlo, sigue tan vigente hoy como el día en que fue develada. Qué lástima.
El 23 de abril de 1937, a las 5:40 p.m., el poblado vizcaíno de Guernica, que por aquel entonces rondaba por los 7,000 habitantes –en su gran mayoría civiles– fue arteramente bombardeado por la Luftwaffe alemana a manera de ejemplo para que las provincias leales a la Segunda República se rindieran ante los ejércitos de Franco. El efecto de las bombas incendiarias fue devastador. Casi ningún edificio resultó indemne y las muertes ascendían a cifras tales que nunca se han podido estimar con exactitud.
Poco antes del bombardeo, Picasso había sido encomendado por la República para pintar una obra de gran formato que sirviese como protesta ante la guerra que tanta sangre española había derramado ya; y justo se alistaba para comenzar cuando las noticias de la matanza llegaron hasta él, definiendo el rumbo que esta pintura habría de tomar.
No importa si no somos grandes amantes del arte. Las sensaciones que transmite el Guernica nos impiden ser indiferentes en su presencia. En el extremo izquierdo, una madre llora al hijo muerto en sus brazos. Detrás suyo, un toro, símbolo de España, contempla la imagen. En el centro, un caballo, tal vez uno de los del Apocalipsis, aparece atravesado por una lanza, mientras entre sus cascos se puede ver la figura de un hombre en pedazos que en una mano sostiene una espada rota. En el extremo derecho, una mujer grita en lo que parece ser un edificio en llamas, mientras a su lado una figura alarmada alarga la mano con un quinqué para ver qué sucede. Bajo ella, una mujer con el torso desnudo, símbolo de dolor, se apresura hacia la escena. Todo esto se ve acentuado por el dicromatismo blanco-negro elegido por Picasso para la ejecución de la obra.
Hoy en día, el Guernica se exhibe en el Museo Nacional de Arte Reina Sofía, en Madrid, como un permanente recordatorio de las dimensiones que puede alcanzar el lado más oscuro y destructivo del hombre. La obra, huelga decirlo, sigue tan vigente hoy como el día en que fue develada. Qué lástima.
Comentarios