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Madurar

Madurar es un proceso lento, confuso y a menudo doloroso. Hacer lo correcto, aún a pesar de lo difícil que ello puede resultar, es ciertamente difícil, pero es –sostengo– la única manera probada de crecer y evolucionar para así alejarnos de nuestra condición primigenia de simples simios erguidos. Bien visto, es uno de los puntos en los que la mayoría de las grandes tradiciones religiones y filosóficas coinciden. El camino de lo correcto suele estar pavimentado de dificultades y de espejos que reflejan nuestras propias y más profundas debilidades, pero si en algún lugar existe una olla de oro, debe ser al final de este camino...

-JP

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Te encontré anoche, desprevenida.
Dormías acurrucada bajo una mirada fugaz.
¿Pero, dormías?
El que dormía era yo,
ignorante de la sensación tibia,
de recién nacido que hay entre tus labios.
Ahora busco en cada mirada,
esperando despertar dentro de tu sueño.
Edvard Munch, Muchacha Por La Mañana, 1884
Despacio, Alberto fué quitándole una a una las prendas. Una hilera de luces tenues color ámbar iluminaba el lugar, ahora oculto a las miradas de la gente, mientras aquella silueta iba quedando despojada de sus ropas. Sus manos, diligentes, desabrochaban con cuidado los botones de la blusa uno a uno hasta dejar a la vista aquella piel de tono perfecto. Cuando hubo terminado con la última prenda, retrocedió unos pasos y contempló en silencio el resultado. Cerró los ojos y barajó la infinidad de posibilidades que ahora se mostraban frente a él, sin saber por dónde comenzar. Finalmente abrió los ojos, suspiró y, sonriendo, avanzó hacia ella...

-¡Alberto, carajo! Si no terminas de una vez de vestir a ese maldito maniquí te voy a dejar encerrado en la tienda y a ver quién te saca.