Ir al contenido principal
Ven, une tu voz a mi vida.
Desterremos de una vez la sombra
insomne de la incertidumbre.
Llena de madreselvas mis ruinas,
hoy desiertas de poesía.

Lo ignoras, pero desde siglos
te he esperado, paciente,
en cuclillas junto a la orilla del tiempo.
Déjame que te fleche, suave cierva,
para amarte como odian los dolidos;
para elevarte como hacen los ascetas
con su fe de musgo desteñido.

Hoy se me ocurre que puedo atraparte,
hacerte mía con un deseo ferviente.
Mía, como aquella costilla que añoro
desde el lejano principio de mis tiempos
y que me duele siempre, en esta espera
cruel en que hoy dormito.

Y en tanto, tú vives, respiras, deambulas
por el mundo; haciendo tuyos lo árboles,
el pasto, la tarde...

¡Qué injusticia!

Comentarios

Anónimo dijo…
vaya q inspirado! no es para menos con tan impetuosa imagen! muy elocuenet poesía! =D

Entradas más populares de este blog

Te encontré anoche, desprevenida.
Dormías acurrucada bajo una mirada fugaz.
¿Pero, dormías?
El que dormía era yo,
ignorante de la sensación tibia,
de recién nacido que hay entre tus labios.
Ahora busco en cada mirada,
esperando despertar dentro de tu sueño.
Edvard Munch, Muchacha Por La Mañana, 1884
Despacio, Alberto fué quitándole una a una las prendas. Una hilera de luces tenues color ámbar iluminaba el lugar, ahora oculto a las miradas de la gente, mientras aquella silueta iba quedando despojada de sus ropas. Sus manos, diligentes, desabrochaban con cuidado los botones de la blusa uno a uno hasta dejar a la vista aquella piel de tono perfecto. Cuando hubo terminado con la última prenda, retrocedió unos pasos y contempló en silencio el resultado. Cerró los ojos y barajó la infinidad de posibilidades que ahora se mostraban frente a él, sin saber por dónde comenzar. Finalmente abrió los ojos, suspiró y, sonriendo, avanzó hacia ella...

-¡Alberto, carajo! Si no terminas de una vez de vestir a ese maldito maniquí te voy a dejar encerrado en la tienda y a ver quién te saca.